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domingo, 22 de febrero de 2009

EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

CON LA MEDIDA CON QUE MIDIÉREIS

No juzguéis, y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis, seréis juzgados, y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿ Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano, y no ves la viga en el tuyo? ¿ O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano.
(Mateo VII, 1-5)


Esta sección del Sermón del Monte consta de cinco versos cortos, y sólo unas cien palabras, y sin embargo no se exagera diciendo que es el docu­mento más sorprendente que jamás se haya presenta­do a la humanidad. En estos cinco versos se nos dice más acerca de la naturaleza del hombre, el significado de la vida, la importancia de la conducta, el arte de vivir, el secreto de la felicidad y del buen éxito, la manera de superar la adversidad, el acceso a Dios, la emancipación del alma, y la salvación del mundo, que lo que todos los filósofos y todos los teólogos y todos los sabios juntos nos han dicho, porque nos explica la Gran Ley. Es infinitamente más importan­te que un hombre, y especialmente un niño, com­prenda el significado de estos cinco versos, que nin­guna otra cosa que se enseña en las escuelas y las universidades. No hay nada en los cursos de estudio corrientes, no hay nada que se pueda aprender en las bibliotecas o los laboratorios que valga la millonési­ma parte de la enseñanza de estos versos. Si alguna vez fuese posible justificar el dicho fanático: "Que­men los demás libros porque todo está en éste", se estaría haciendo mención a estos versos.
"No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis se os medirá" (mt. 7, 1-2). Si el hombre común comprendiese, aun por un momento, el significado de estas palabras, y verdaderamente las creyese, de inmediato revolucionarían toda su vida de arriba abajo radicalmente; su conducta diaria se transformaría por completo, y él mismo cambiaría tanto que, en un tiempo relativamente corto, sus ami­gos más íntimos casi no lo conocerían. Tanto si fuese primer ministro como si fuese un hombre de la calle, esta comprensión le cambiaría el mundo, y, como la verdad es más contagiosa de lo que se puede imagi­nar, su metamorfosis transformaría el mundo también para muchos otros.
Cada vez que leemos de nuevo el Sermón del Monte en una actitud mental receptiva, nos asombramos de encontrar que las afirmaciones que contie­ne han sido, en la práctica, pasadas por alto por la mayoría de los cristianos. Si no se supiese que es un hecho que estas palabras se oyen constantemente en público, y son leídas en privado por millones de cris­tianos de todas clases, casi no se podría creer que esto fuera posible; porque las verdades expresadas aquí parecen no tener nada que ver con los motivos de su vida y conducta diaria. Sin embargo, estas palabras expresan la Ley de la Vida, sencilla e inevitable.
Porque tal es la Ley de la Vida: tal como pensa­mos de otros, tal como hablamos de ellos, tal como nos portamos hacia ellos, así pensarán, y hablarán de nosotros, y así se portarán con nosotros. Sea cual fuere nuestra conducta, inevitablemente nos será devuelta. Todo lo que les hacemos a otros, tarde o temprano, aquí o allí, alguien nos lo hará. Lo bueno que hacemos se nos devolverá en el mismo grado; y lo malo que les hacemos a otros de la misma manera se nos devolverá también. Esto no quiere decir de ninguna manera que las personas a quienes tratamos bien o mal sean las mismas que nos devuelvan maña­na la acción. Casi nunca ocurre así; pero lo que ocu­rre es que, en otro momento, tal vez años después, en otro lugar lejano, alguien que no sabe nada de la acción anterior nos la pagará con la misma moneda. Por cada palabra áspera que decimos a otra persona o de otra persona, tal palabra se nos dirá o se dirá de nosotros. Por cada vez que defraudemos, seremos defraudados; por cada vez que engañemos, seremos engañados. Por cada mentira que digamos, se nos mentirá también. Por cada vez que descuidemos un deber, por cada evasión de una responsabilidad, cada abuso de la autoridad sobre otras personas, estaremos haciendo algo por lo cual, inevitablemente, se nos pagará haciéndonos sufrir una herida igual. "Con la medida que midiereis se os medirá."
¿No es evidente que, si la gente se diera cuenta de todo ello, de que es literalmente cierto, esto influiría en su conducta en la forma más profunda? ¿No haría más, en la práctica, tal comprensión para hacer disminuir los crímenes y elevar el nivel moral de toda la comunidad, que todas las leyes elaboradas por los parlamentos, o todos los castigos impuestos por jueces y magistrados? La gente tiende a pensar, especialmente cuando la tentación es muy fuerte, que probablemente podrán escaparse de la ley del país, escaparse del alguacil, o deslizarse de las manos de las autoridades de cualquier otra manera. Esperan que los individuos les perdonen, o que no puedan vengarse, o que todo se olvide con el tiempo; o mejor aún, que nunca se descubra la falta. Sin embargo, si comprendiesen que la ley de la retribu­ción es una Ley Cósmica, tan impersonal e inmuta­ble como la ley de la gravedad, que no considera personas ni respeta instituciones, una ley sin rencor y sin piedad, reflexionarían más antes de tratar injusta­mente a sus prójimos. La ley de la gravedad nunca duerme, nunca está desprevenida, nunca se cansa, no es compasiva ni vengativa; y nadie podría imaginar que pudiese evadirla o engatusarla, o sobornarla, o intimidarla. La gente la acepta como inevitable e ine­ludible, y se comportan de acuerdo a ello. La ley de la retribución es tan inmutable como la ley de la gra­vedad. Tarde o temprano, el agua encuentra su nivel; y el trato que les damos a otros se nos devuelve.
Algunos cristianos, al oír la explicación de la ley de la retribución han puesto objeción diciendo que esta ley es de origen budista o indostano, y no cris­tiano. Es verdad que esta ley es enseñada por los budistas y los indostanos, y hacen bien en enseñarla porque es la ley de la naturaleza. Es verdad también que esta ley se comprende mejor en los países orien­tales que entre nosotros; pero eso no quiere decir que sea una posesión oriental. Lo que quiere decir es que las iglesias ortodoxas cristianas han faltado a su obli­gación de exponer a la gente una sección importante de la enseñanza de Jesús.
A los que dicen que ésta no es una ley cristiana, se les puede responder: ¿Es un documento cristiano el Evangelio de Mateo, o no? ¿Era cristiano o budis­ta Jesucristo? Esta doctrina, nos guste o no nos gus­te, si queremos, podemos tratar de pasarla por alto; pero no podemos negar que Jesucristo la enseñó, y de la manera más directa y enfática, cuando dijo: "No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el jui­cio con que juzgareis seréis juzgados y con la medi­da que midiereis seréis medidos" (mt. 7, 1-2).

Sir Edwin Arnold, en su poema titulado La Can­ción Celestial, describió esta ley implacable de la justicia inmanente.

No hay nadie que la pueda menospreciar;
quien la impida, pierde; quien la sirva, gana;
el bien hecho en secreto da paz y deleite, el mal escondido trae dolor.

Por ella el cuchillo apuñaló al asesino;
el juez injusto perdió su defensor,
la lengua falsa sentencia su propia mentira;
y el vil ladrón despoja sólo para restituir.
Ella lo ve y lo nota todo;
sé justo —¡te recompensará!—
Injusto —serás pagado con la misma moneda—
aunque Dharma tal vez tarde en llegar.

Bien claro está que conviene no hacerle a otra per­sona lo que no quisiéramos que alguien nos hiciese a nosotros, porque eso es lo que ocurrirá. Especialmen­te es éste el caso cuando actuamos mal con alguien que está en nuestro poder.
De la misma manera, igualmente, es cierto que por cada buena acción que cumplimos, por cada palabra bondadosa que pronunciamos, un día u otro recibiremos su equivalente. Muchas personas suelen quejarse de la ingratitud de aquéllas a quienes han ayudado o a quienes han concedido favores —y fre­cuentemente con razón—; pero esta queja manifiesta una actitud mental que es importante corregir. Cuan­do alguien se siente ofendido porque le han mostrado ingratitud por un favor, es porque ha esperado grati­tud, y esto es un gran error. La verdadera razón para ayudar a otros es porque es nuestro deber ayudar en la medida en que podamos hacerlo sabiamente; o porque es una expresión del amor. Por supuesto, el amor verdadero no busca un quid pro quo y haber cumplido nuestro deber tendría que ser la propia recompensa, recordémoslo, o si lo preferimos así, de una manera u otra nuestra buena acción será reco­nocida a su tiempo. Cuando se espera la gratitud, se crea en la otra persona un sentido de obligación, y esta persona, probablemente, tendrá esto en su inconsciente y lo sentirá con más fuerza, porque tal cosa es algo que repugna a la naturaleza huma­na. Hagamos la buena acción y sigamos nuestro camino, sin esperar ni desear el reconocimiento per­sonal.
¿No es acaso un pensamiento hermoso y estimu­lante que todas las oraciones que hemos pronunciado en nuestra vida, todo lo bueno que hemos hecho y todas nuestras palabras bondadosas permanecen con nosotros, y que nada puede quitárnoslas? En efecto, éstas son las únicas cosas que podemos guardar, por­que todo lo demás ha de desaparecer. Nuestros erro­res mentales, y orales, y nuestros pecados van elimi­nándose según la Ley: pero el bien sigue incólume por toda la eternidad.
Los estudiosos del Cristianismo Científico que comprenden el poder del pensamiento, se darán cuen­ta de que es aquí, en el reino de los pensamientos, donde la Ley encuentra su verdadera aplicación; y verán que lo que importa, en última instancia, es guardar pensamientos rectos hacia otros, lo mismo que hacia sí mismo. Pensar rectamente en lo tocante a Dios, en lo tocante al prójimo y en lo tocante a sí mismo; esto es la Ley y los Profetas. Sabiendo que el dominio se encuentra en el Lugar Secreto, es en el Lugar Secreto donde hay que poner la atención, ob­servando el mandamiento: No juzguéis.
La Regla de Oro interpretada científicamente es: Pensad de otros tal como quisierais que pensaran de vosotros. A la luz del conocimiento que ahora tene­mos, la observancia de esta regla se convierte en un deber solemne, y más aún, es una vital deuda de honor. Una deuda de honor es una obligación que ninguna ley escrita puede hacemos cumplir, una obligación que cumplimos en secreto para satisfac­ción de nuestra conciencia; y del mismo modo, como nadie puede saber, y mucho menos probar, lo que estamos pensando, no somos responsables por nues­tros pensamientos ante ningún tribunal sino ante el más alto: el Tribunal que nunca se equivoca y cuyas sentencias nunca se evaden.
Habiendo comprendido la Ley Suprema y su fun­ción, resumidas tan maravillosamente por Jesús en este pasaje, el discípulo está preparado para dar el siguiente paso importante y comprender cómo es posible elevarse incluso por encima de la Gran Ley en el nombre de Cristo. En la Biblia el término "Cris­to" no es sinónimo de Jesús, el individuo. Es un tér­mino técnico que quiere decir la Verdad Espiritual y Absoluta acerca de cualquier cosa. Discernir esta Verdad acerca de alguna persona, o condición o cir­cunstancia, inmediatamente sana a esa persona o condición o circunstancia, siendo el mejoramiento en la misma medida del grado de toma de conciencia del que piensa. He aquí la esencia de la curación espiritual, y por eso vemos que en el sentido más amplio, y con total independencia, al mismo tiempo, de las obras especiales y sin par realizadas por el mismo Jesús, es verdad que el Cristo viene al mundo para redimirlo y salvarlo. Cuandoquiera que el Cris­to —eso es, la Idea Verdadera de algo— nace en el pensamiento de alguien, la curación física, o moral, o mental, según sea el caso, viene a continuación.
Una curación mental consiste en hacer lúcida e inteligente a una persona estúpida. Los niños más atrasados en la escuela responden como si fuera magia a tal tratamiento espiritual. Se pide para ellos la Inteligencia Divina y se cae en la cuenta de que Dios es el alma del hombre. La enfermedad y el pecado, la pobreza y la confusión, la ignorancia y la flaqueza humana, todo desaparece bajo el poder del Cristo Sanador. Por profundas que sean las raíces de nuestros males, una visión clara del Cristo, una visión de la Verdad Espiritual, eternamente presente detrás de las apariencias, nos curará. Para esto no hay excepción alguna. Porque el Cristo es nada menos que la acción directa de Dios mismo, el Autoconocimiento del Espíritu, pasa por encima de todo.
La Ley Espiritual eclipsa y domina todas las leyes del plano físico y del plano mental. Esto, como hemos visto en el primer capítulo, no significa que las leyes del plano físico o del plano mental se pue­den romper, sino que el hombre, por su naturaleza esencialmente divina, tiene el poder de levantarse por encima de estos planos al plano del Espíritu, plano de dimensión infinita, donde tales leyes no le afectan más. El no viola sus leyes, se aventura más allá de sus fronteras. Cuando el globo aerostático se levanta hacia el sol, no obstante su peso, así que se hincha, parece que desafía la ley de la gravedad. Sin embargo, no se rompe esa ley, sino que más bien se cumple por esa acción, aunque la experiencia normal de la vida diaria está, de hecho, invertida. La Ley de Karma, ley infalible que no respeta a nadie ni olvida nada, no vale más que para los planos físico y men­tal; no es una ley del Espíritu. En Espíritu todo es perfecto, eterno, inalterable. En este dominio no hay nada malo que se pueda cosechar porque no se puede sembrar, y por consiguiente cuando el hombre levan­ta su atención hacia el mundo del Espíritu, por lo que llamamos la oración, la meditación o el tratamiento, transfiere su atención al dominio del Espíritu y así se pone —a ese grado— bajo la ley del Bien perfecto y se libera de Karma.
Así es que el hombre puede elegir entre Karma o el Cristo. He aquí las mejores noticias que jamás ha­ya recibido la humanidad, y por eso se llama alegre noticia, o buena nueva, o Evangelio, pues tal es el sentido de esta palabra. Esta es la carta de las liber­tades humanas; el dominio del ser humano, hecho a la imagen de Dios y conforme a su semejanza, sobre todas las cosas. Pero el hombre puede elegir. Puede permanecer en la región limitada —el plano físico y el plano mental— y en ese caso queda estrechamen­te atado a la rueda del Karma; o puede apelar, por medio de la oración y la meditación, al Reino del Espíritu, esto es, al Cristo, y, de este modo, liberarse. Puede elegir. Cristo o el Karma; y Cristo es el Señor del Karma.
En Oriente, donde se comprende tan bien la ley del Karma, la humanidad no ha recibido el mensa­je del Cristo; y por eso se encuentra en una posición de falta de esperanza. Pero nosotros, así que penetre­mos el espíritu del Evangelio, podemos liberamos. En otras palabras, resulta que el Karma no es inexo­rable sino mientras no hacemos oración. En cuanto oramos, comenzamos a elevamos por encima del Karma; es decir, comenzamos a erradicar gradual­mente las consecuencias desagradables de nuestros errores pasados. Por cada falta, o tenemos que sufrir las consecuencias —ser castigados— o tenemos que cancelarlas por medio de la Oración Científica, por la Práctica de la Presencia de Dios. Tenemos esa gran alternativa —Cristo o el Karma.
¿Significa eso que cualquier falta, cualquier estu­pidez —hasta un pecado grave— puede expurgarse del Libro de la Vida, con todos los castigos o sufri­mientos naturalmente resultantes? Sí, significa nada menos que eso. No hay ningún mal que pueda resis­tir la acción del Cristo Sanador. Dios ama tanto a la humanidad que manifiesta su poder único por medio de Cristo, a fin de que el que lo elige no perezca a causa de su flaqueza o fragilidad, sino que tenga la salvación eterna.
No es necesario decir que no se debe suponer que las consecuencias de una falta pueden evitarse a bajo precio, repitiendo una oración a la ligera. Para borrar el castigo que de otro modo sigue al pecado no sirve ninguna oración superficial, sino que se requiere una toma de conciencia de Dios suficiente para cambiar radicalmente el carácter del pecador. Cuando la ora­ción o la sanación espiritual ha sido tan eficaz que el pecador llega a ser otro hombre (un hombre nuevo) y ya no desea repetir el pecado, entonces está salvado. Entonces los castigos están redimidos, porque Cristo es Señor del Karma.

El Sermón Del Monte - La Llave para Triunfar en la Vida.
Por: Emmet Fox
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
Recopilado por:
alimentoparalamente@gmail.com

EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

POR SUS FRUTOS

No deis las cosas santas a los perros, ni arrojéis vuestras perlas a puercos, no sea que las pisoteen con sus pies y revolviéndose, os destrocen.
(mt. VII, 6)


La inteligencia es un factor del mensaje cristiano tan esencial como el amor. Dios es amor, pero Dios es también la inteligencia infinita y, a menos que estas dos cualidades estén en equilibrio en nuestra vida, no logramos la sabiduría; porque la sabiduría es la fusión perfecta de la inteligencia y del amor. El amor sin la inteligencia puede hacer involuntaria­mente mucho daño —el niño mimado es un ejem­plo— y la inteligencia sin el amor puede resultar crueldad refinada. Toda actividad verdaderamente cristiana ha de expresar la sabiduría, porque el celo sin la discreción es proverbialmente perverso.
Suele suceder que las personas que por primera vez ven los horizontes infinitos de la Verdad y así se liberan de alguna dificultad penosa, se exaltan tanto de alegría que acuden a todas partes derramando a otros las noticias de su descubrimiento; y probable­mente solicitándoles que acepten también la Verdad. Esta actitud es totalmente comprensible, porque el amor no desea más que compartir su bien; sin em­bargo, es muy imprudente. El hecho es que la acep­tación de la Verdad implica, como hemos visto, el abandono de todos los valores viejos; y, después de todo, esto es un sacrificio tremendo que no se debe esperar de cualquier persona; y en todo caso, no puede suceder sino cuando uno está espiritualmente preparado para el cambio. Si esta Verdad se le pre­senta de una manera atractiva, el que está listo se alegrará de aceptarla; si no lo está, ninguna discusión intelectual o argumento alguno lo hará aceptarla.
No confiemos en nuestro propio juicio para deci­dir quién está listo para recibir la Verdad, y quién no lo está; más bien dejémonos guiar por el Espíritu Santo. La mayoría de nosotros hemos tenido la expe­riencia, cuando hemos caído en la cuenta de la Idea Espiritual y lo que significa, de obedecer al impulso natural de comunicar lo que se nos ha revelado a algunos de nuestros amigos, a quienes creemos que podemos persuadir fácilmente y nos hemos encontra­do con que, en la mayoría de los casos se niegan por completo a recibirla. En cambio, algunas personas, a quienes considerábamos poco desarrolladas espiri­tualmente, se muestran muy receptivas y emprenden con éxito la transformación de su vida según el nuevo conocimiento. Si oramos regularmente todos los días pidiendo sabiduría, inteligencia y nuevas oportunidades de servir, las personas adecuadas se presentarán sin que las busquemos; o nosotros ire­mos a ellos; y una ocasión conveniente se presentará para introducir el asunto. Mientras no estemos segu­ros de que sea prudente hablar de la Verdad, absten­gámonos de hacerlo; en lugar de ello, oremos en si­lencio pidiendo que se nos guíe y dejemos el asunto en manos de Dios. Algunas veces no ocurre nada, no se presenta ninguna oportunidad mientras estamos con nuestro amigo, lo cual quiere decir que no ha lle­gado la hora y que nuestros esfuerzos no habrían ser­vido para nada. Muchas veces, sin embargo, una oca­sión obvia se presenta en la conversación, o algún incidente externo brinda el pretexto para introducir el asunto. Y he comprobado algún despertar sorprenden­te y agradable que surgió de esta manera.
Sobre todo abstengámonos de obligar a las perso­nas con quienes vivimos o con quienes trabajamos a considerar la cuestión de la Verdad; especialmente en casa. Es fácil que nos convirtamos en un fastidio tra­tando de forzar con nuestras ideas a personas que no pueden apreciarlas, pues aún no están preparadas. Como nuestros familiares y nuestros socios tienen que vemos frecuentemente, no es prudente importu­narlos o irritarlos. Démonos cuenta de que ellos, al no haber experimentado nuestro despertar personal, no puedan ver la cosa como nosotros la vemos; y que lo que ellos ven es otra cosa. También es posible que todavía no tengamos el arte de explicar nuestras ideas de la mejor manera posible. Finalmente es bueno recordar que los que nos rodean tendrán cons­tantemente la oportunidad de examinar nuestra conducta personal, conocerán a fondo nuestras faltas y flaquezas y que, si hablamos demasiado e indiscretamente de valores espirituales, ellos esperarán de nuestra parte una demostración más grande que la que al principio podamos hacer. ¿Y no tendrían que ser superiores a la mayoría de los seres humanos para no señalar algunas veces, en el momento más inoportuno, aquellos actos nuestros que contradicen nuestras palabras? En otras palabras "apresurarse despacio" es el lema. Obrar con un ardor imprudente y adquirir la reputación de ser tonto o molesto no es un modo correcto de propagar la Verdad. El modo más rápido de hacerlo es vivir la vida uno mismo. Entonces los que nos rodean notarán el cambio en nosotros y en cuanto se den cuenta de que ha mejo­rado nuestra salud, que hay más prosperidad en nues­tras vidas y que en nuestro rostro brilla la felicidad, vendrán espontáneamente, pidiéndonos que compar­tamos con ellos el secreto. No habrá que persuadirlos de que beban en las aguas de la vida.
Cuando tengamos deseos de presentar la Verdad a cierta persona, o a cierto grupo, conviene preparar­nos mentalmente durante algunos días. Pidamos que la Inteligencia y el Amor nos ayuden a superar toda impaciencia y a hacer frente al ridículo y a la falta de afabilidad. Y sobre todo reguemos que esa Sabiduría, que combina el Amor y la Inteligencia, nos inspire. Afirmemos que la acción de Dios nos haga decir la palabra justa en el momento oportuno, y que al mismo tiempo los que nos escuchan sean guiados por las mismas cualidades divinas. No nos permita­mos ocupamos en modo alguno de los resultados que puedan seguir a la discusión. Hablemos según la Ver­dad y dejémosla obrar. A menudo nos sorprendere­mos, unos días después, de la eficacia de esa prepa­ración espiritual.

El Sermón Del Monte - La Llave para Triunfar en la Vida.
Por: Emmet Fox
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
Recopilado por:
alimentoparalamente@gmail.com

EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; lla­mad, y se os abrirá.
Porque quien pide, recibe, quien busca, halla y a quien llama, se le abre.
Pues, ¿quién de vosotros es el que, si su hijo le pide pan, le da una piedra?
¿O si le pide un pez, le da una serpiente?
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vues­tro Padre que está en los cielos, dará cosas bue­nas a quien se las pide!
(Mateo VII, 7)


Éste es el pasaje maravilloso en el que Jesús enuncia la verdad primordial de la Paternidad de Dios. Esta verdad se puede llamar fundamental por­que es la piedra angular sobre la cual se eleva el edi­ficio de la religión verdadera. Mientras los hombres no comprendían la significación profunda del hecho de que Dios es Padre del hombre, no les era posible conocer plenamente la experiencia religiosa. Mien­tras creían que había dioses diversos, el sentido esen­cial de la religión escapaba a su alcance, porque la verdadera experiencia religiosa es la búsqueda de la unión consciente con Dios. Aceptar a varios dioses es imponerle a cada dios necesariamente limitacio­nes, y como los dioses de antaño se representaban en conflicto perpetuo entre sí, sólo un pensamiento caó­tico podía acompañar tal creencia. Los que se habían desarrollado espiritualmente bastante para aceptar la idea de un Dios único, el Dios verdadero, Le repre­sentaban todavía, casi en general, como un déspota oriental, o un sultán caprichoso y sin misericordia, poseyendo a sus súbditos y gobernándolos tiránica­mente. El Dios de muchos capítulos del Antiguo Testamento es un tirano celoso y cruel, implacable en su ira, vindicativo, insaciable. Él parece no tener en común con los hombres nada más que lo que los hombres tienen en común con los animales; menos, en efecto, porque el hombre sabe que él es vulnera­ble al sufrimiento físico, al hambre y a la muerte, lo mismo que los animales.
Esta concepción oriental de un Dios despótico, de hecho, ha sido mantenida por un gran número de fer­vorosos cristianos ortodoxos, negando toda semejan­za entre el hombre y el Creador. Un escritor moder­no jocosamente ha comparado a este Dios con cierto millonario inglés quien por puro capricho mantiene un jardín zoológico cerca de Londres. Este jardín está lleno de animales que existen solamente porque interesan y divierten al dueño. De vez en cuando, el amo viene a verlos, y siguiendo, sin duda, consejos expertos, manda que se destruyan unos, que se tras­laden otros a jaulas más espaciosas, y que otros se traten de una manera determinada. Es evidente que no existe entre los animales y su dueño comunión espiritual alguna; ellos no son más que juguetes ani­mados que le divierten. Esta comparación no es de ninguna manera una descripción exagerada de las ideas de muchos hombres, de los fundamentalistas, por ejemplo.
Cuando se lee la Biblia con la mente abierta, se ve que Jesús, en este pasaje, una vez para siempre, penetra en la raíz de esta superstición abominable. De una manera clara y definida, afirma —dando énfasis del modo más circunstancial— que la rela­ción verdadera que existe entre el hombre y Dios es la de un padre y un hijo. Dios cesa de ser el sobera­no que trata con esclavos serviles, y llega a ser un Padre, lleno de amor para nosotros, que somos Sus hijos. Es sumamente difícil estimar el alcance de esta declaración en lo que toca a la vida del alma. Cuan­do se lee y se relee este pasaje, afirmando la paterni­dad de Dios, todos los días durante algunas semanas, se descubre que esto sólo resuelve muchos proble­mas religiosos. Se puede decir que se aclara así, de una vez para siempre, un sinnúmero de cuestiones perplejas. En el tiempo de Jesús, esa enseñanza acer­ca de la Paternidad de Dios era original y única. En el Antiguo Testamento nunca se llama a Dios "Padre". Cuando se hacen referencias a su Paternidad, se refieren a Él como padre de una nación y no de los individuos. En efecto, éste es el motivo por el cual Jesús hizo de la declaración de Paternidad de Dios la primera frase de lo que llamamos El Padre Nuestro. Esto explica, por ejemplo, la tremenda declaración del Génesis de que el hombre es a imagen y seme­janza de Dios.
Es evidente, por supuesto, que la descendencia ha de ser de la misma naturaleza y la misma especie que el padre; y entonces si Dios y el hombre son en verdad Padre e hijo, el hombre ha de ser de esencia divina y susceptible de un infinito crecimiento y pro­greso y desarrollo en el camino ascendente hacia la divinidad. Esto quiere decir que, a medida que se desarrolle la naturaleza verdadera del hombre, su carácter espiritual, lo cual quiere decir que vaya sien­do cada vez más consciente de ello, ampliará su con­ciencia espiritual hasta que haya trascendido todos los límites de la imaginación humana, cada vez más hacia delante. Este es nuestro glorioso destino, como ya hemos visto. Jesús mismo dijo, además, citando el Antiguo Testamento: "He dicho que sois dioses y todos vosotros hijos del Altísimo" (juan X, 34-35). Entonces reforzó su declaración añadiendo significa­tivamente: "Y no se puede quebrantar la Escritura."
Por consiguiente, en este pasaje somos liberados, de una vez para siempre, de la última cadena que nos ata a un destino limitado y envilecido. Somos hijos de Dios; y si somos hijos, coherederos con Jesucris­to, como dice San Pablo; y. como hijos de Dios so­mos herederos de los bienes de nuestro Padre no somos extraños, ni criados recompensados, ni mucho menos esclavos. Somos los hijos de la casa, quienes un día hemos de gozar plenamente de nuestra heren­cia. Por el momento nos encontramos colmados de limitaciones e incapacidades porque no somos sino niños, menores de edad desde el punto de vista espi­ritual. Los niños son irresponsables; les faltan la sabiduría y la experiencia; hay que dirigirlos a fin de que sus errores no les traigan consecuencias graves. Pero así que el hombre logre su mayoría espiritual, reclama sus derechos y los obtiene. "Mientras el heredero es niño, siendo el dueño de todo, no difiere del siervo, sino que está bajo tutores y administrado­res hasta la fecha señalada por el Padre." (gal. 4, 1-2); y cuando llega esa hora, se despierta a la Verdad y obtiene su mayoría espiritual. Comprende que es la voz de Dios mismo la que está en su corazón hacién­dole gritar: "Abba, Padre". Entonces, al fin, compren­de que es el hijo del gran Rey, y que todo lo que posee su Padre es suyo y que puede gozarlo, ya sea salud, prosperidad, oportunidad, belleza, felicidad, o cualquier otra manifestación de Dios.
La cosa más perjudicial de la vida es la lentitud del hombre, se puede decir su desgana, para percibir su propio dominio. Dios nos ha dado dominio sobre todas las cosas, pero, como niños asustados, rehui­mos asumirlo, aunque asumirlo es la única salida para nosotros. La humanidad se parece a menudo a un fugitivo, sentado al volante de un automóvil listo para llevarle a un lugar seguro, pero que, debido a su nerviosismo, no puede coger el control y ponerlo en marcha. Allí se queda, medio helado de terror, mi­rando atrás, preguntándose si sus perseguidores van a alcanzarle y qué le pasará si eso sucede. Podría, en cualquier momento, escaparse a un lugar seguro, pero no lo hará, ni se atreverá.
Jesús, quien conocía el corazón humano como no lo ha conocido nadie, ni antes ni después, compren­día nuestra dificultad y nuestra debilidad a este res­pecto; y con ese don sin igual de encontrar las pala­bras con vida, con ese poder mágico de expresar las cosas más fundamentales en un lenguaje tan claro, tan sencillo, tan directo que hasta un niño puede comprenderlo, nos manda: "Pedid, y se os dará, bus­cad y hallaréis, llamad y se os abrirá. Pues quien pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abre".
Sería imposible imaginar una expresión más clara, o encontrar palabras más precisas que éstas. Sencillamente, no existen palabras de ninguna lengua más claras ni más enfáticas; y, sin embargo, la mayo­ría de los cristianos tranquilamente las pasan por alto, o las interpretan en un sentido tan estrecho que se pierde casi todo su valor.
Y de nuevo nos enfrentamos a este dilema —o Jesús sabía lo que decía, o no lo sabía— y, como difícilmente podríamos creer que no, tenemos que aceptar esas palabras como ciertas —¿cabe aquí alguna escapatoria?
Pedid, y se os dará. ¿No es ésta la Carta Magna de la libertad personal de cada hombre, cada mujer, cada niño del mundo? ¿No es el decreto de la eman­cipación de toda clase de servidumbre, física, mental, o espiritual? ¿Cabe lugar para la llamada virtud de la resignación, tantas veces predicada? El hecho es evi­dente: la resignación no es de ningún modo una vir­tud. Al contrario, es un pecado. Lo que condecora­mos pomposamente con el nombre bello de resigna­ción es en verdad una mezcla malsana de cobardía y pereza. No tenemos derecho a aceptar con resigna­ción la disarmonía, de cualquier clase que sea, por­que la disarmonía no puede ser la voluntad de Dios. No tenemos derecho a aceptar con resignación la enfermedad, o la pobreza, el pecado, la lucha, la infelicidad, o el remordimiento. No tenemos derecho a aceptar nada menos que la libertad, la armonía, el gozo, porque solamente así glorificamos a Dios, y expresamos Su Santa Voluntad, que es nuestra razón de ser.
Es nuestro deber más sagrado, en el nombre mismo de Dios, negamos a aceptar algo menos que la felicidad completa y el buen éxito y no nos con­formaremos a los deseos y a las instrucciones de Jesús si nos contentamos con menos. Debemos rezar y meditar con perseverancia, y reorganizar nuestra vida según los principios de su enseñanza, hasta que logremos nuestro objetivo. No solamente es posible nuestra victoria sobre todas las condiciones negati­vas, sino que nos ha sido definitivamente prometida en esas gloriosas palabras, que constituyen la divisa de la libertad del género humano: "Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá."

El Sermón Del Monte - La Llave para Triunfar en la Vida.
Por: Emmet Fox
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
Recopilado por:
alimentoparalamente@gmail.com

EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

Por eso, cuanto quisiereis que os hagan a vo­sotros los hombres, hacédselos vosotros a ellos, porque ésta es la Ley y los Profetas.
(Mateo VII, 12)


Éste es el precepto sublime que llamamos la Regla de Oro. Jesús formula de nuevo la Ley Supre­ma en un resumen conciso. Esta repetición sigue a la gran declaración de la Paternidad de Dios. Esa ley se origina en el hecho metafísico de que, fundamen­talmente, somos todos uno, ya que cada uno de noso­tros es una parte del Espíritu Infinito. Y porque so­mos todos uno, hacerle daño al otro equivale a dañarse a sí mismo, mientras que ayudar al otro es, en efecto, ayudarse a sí mismo. La paternidad de Dios nos hace aceptar también la condición de hermanos de los hombres y, espiritualmente la fraternidad es unidad. La comprensión de esta gran verdad contiene en sí cualquier otro conocimiento religioso; y es lo que la fraseología de antaño llamaba La ley y los pro­fetas.

El Sermón Del Monte - La Llave para Triunfar en la Vida.
Por: Emmet Fox
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
Recopilado por:
alimentoparalamente@gmail.com

EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta, y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta, y qué angosta la senda que lleva a la vida, y cuán pocos los que dan con ella!
(Mateo VII, 13-14).


No hay más que un modo bajo el sol de conseguir la armonía, es decir, la salud, la prosperidad, la paz mental —la salvación, en el sentido verdadero de la palabra— y es operar un cambio radical y permanente en la conciencia. Éste es el único modo; no hay otro. Hace un sinnúmero de generaciones que la humanidad se esfuerza en lograr la felicidad de todos los otros modos posibles. Durante muchos siglos el hombre se ha propuesto proyectos para conseguir la felicidad haciendo varios cambios en sus condiciones externas. Pero mientras el hombre trate de modificar su universo concreto, mientras se dedique a cambiar lo que le rodea y las circunstancias externas, sin preo­cuparse de la calidad de sus pensamientos y del pro­greso de su alma, todos sus esfuerzos resultan vanos. Ahora podemos ver que, debido a la naturaleza de nuestro ser, no se puede conseguir un cambio verda­dero de las circunstancias exteriores de nuestra vida sino por la transformación de nuestra conciencia. Este cambio de la vida interior es la "puerta estre­cha" de la que habla Jesús, y según dice Él, pocos son los que la encuentran. Sin embargo, realmente el número aumenta de día en día, y según vayan pasan­do los años, aumentará cada vez más. Aunque es comparativamente pequeño, en tiempos de Jesús lo era aún mucho más.
A esta doctrina según la cual lo que pasa en nues­tra conciencia es lo que importa, porque nuestros conceptos son lo que vemos, Jesús la llama el Cami­no de la Vida; y El añade que todas las demás doc­trinas no son sino caminos anchos que conducen a la destrucción y a la decepción. ¿Por qué, entonces, está el hombre tan poco dispuesto, al parecer, a transformar su conciencia? ¿Por qué, según parece, prefiere probar cualquier otro método que se presen­te, por arduo o forzado que sea? A través de la histo­ria, se han probado todos los métodos imaginables para efectuar la salvación de la humanidad, y todos han fracasado, por supuesto; sabemos ahora por qué; sin embargo, el hombre raras veces elige la senda "estrecha", a menos que le obligue a ello, individual­mente, una fuerza irresistible.
La respuesta es que, como ya hemos visto, el cambio de conciencia es realmente muy duro, exige una vigilancia constante y el romper nuestros hábitos mentales, procedimiento penoso de sufrir durante un tiempo. El hombre es naturalmente perezoso; obe­dece a la ley del mínimo esfuerzo, y en esto, como en cosas de menos importancia, no va al fondo de las cosas a menos que se vea obligado a hacerlo.
El Camino de la Vida, la puerta estrecha, vale, sin embargo, infinitamente más de lo que cuesta. En este camino, las recompensas no son temporales, sino per­manentes; cada milla ganada es ganada por toda la eternidad. Se puede decir que el cambio de conciencia es, en efecto, todo lo que vale la pena conseguir. Una comparación de la vida diaria nos permite ilustrar esta idea. Supongamos que hemos quitado una mancha a una prenda de vestir; nos aprovecharemos de esa acción durante unos meses, mientras dure la prenda. Por otro lado, supongamos que, haciendo ejercicios, desarrollemos una función corporal, digamos la capa­cidad de los pulmones; ese mejoramiento nos durará todo el resto de la vida, cincuenta o sesenta años, tal vez. Es evidente que de la segunda acción hemos sa­cado más provecho que de la primera. En lo que toca al cambio cualitativo de conciencia que resulta de la oración o de la sanación espiritual, no solamente sen­timos los efectos de ese cambio en cada fase de la vida terrestre, sino que el cambio persistirá por toda la eternidad, porque no podemos perderlo nunca. Los ladrones no pueden "horadar y llevárselo".
En cuanto se obtenga la conciencia espiritual se encontrará que en verdad todas las cosas concurren para el bien de los que aman el Bien o a Dios. En­tonces experimentaremos la perfecta salud, la pros­peridad, la felicidad completa. Entonces nos sentire­mos tan bien de salud que el mero vivir será un pla­cer inexplicable; el cuerpo ya no será una carga penosa, como la que lleva tanta gente, sino que pare­cerá tener alas en los pies. La prosperidad será tal que ya no necesitaremos considerar la cuestión de dinero; tendremos bastante para llevar a cabo nues­tros planes. Nuestro mundo se llenará de personas simpáticas, deseosas de ayudamos todo lo posible. Nos ocuparemos en varias actividades tan útiles como agradables e interesantes. Todas nuestras ambi­ciones, todos nuestros talentos encontrarán una esfe­ra amplia de acción; y, en pocas palabras, adquirire­mos poco a poco esa "personalidad completamente integrada y expresada al máximo", con que suena la psicología moderna.
Aquellos a quienes el mensaje de Jesús no les haya revelado todavía su secreto no pueden ver en todo eso nada más que una bella visión, "demasiado hermosa para ser verdad", pero ésa es precisamente la esencia misma del mensaje de Cristo, que nada es demasiado hermoso para ser verdad, porque el Amor y el Poder de Dios son verdad. Es precisamente esta creencia de que la completa armonía es demasiado hermosa para ser verdad lo que nos impide conse­guirla. Nosotros, al ser seres mentales, hacemos las leyes bajo las cuales vivimos y tenemos que vivir bajo las leyes que hacemos.
Un error trágico, que cometen muchas personas que son religiosas de una manera ortodoxa, es asumir que la Voluntad de Dios para con ellas debe de ser alguna cosa poco interesante, poco atractiva, si no absolutamente desagradable.
Conscientemente o no, consideran a Dios como un maestro implacable, o como un padre puritano y austero. Muy a menudo sus oraciones parecen decir esto: "Dios, por favor, concédeme esa cosa buena que me hace tanta falta —pero no creo que quieras, porque no creerás que eso es bueno para mí." Inútil es añadir que una ora­ción de esa clase tiene la respuesta de todas las ora­ciones, según la fe del que ora; porque se recibe lo que se espera. La verdad es que la Voluntad de Dios para con nosotros significa siempre más libertad, una existencia más amplia, mejor salud, una prosperidad más segura, y más oportunidades para servir a otros, —una vida más abundante.
Si uno está enfermo o es pobre, o tiene que hacer un trabajo que no le gusta, si se siente solo o tiene que vivir con personas antipáticas, puede estar segu­ro de que no está expresando la Voluntad de Dios, y mientras no exprese la Voluntad de Dios, es natu­ral que experimente disarmonía; y es igualmente ver­dad que, cuando uno exprese la Voluntad Divina, la armonía se restablecerá.

El Sermón Del Monte - La Llave para Triunfar en la Vida.
Por: Emmet Fox
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
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EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, mas de dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se recogen racimos de los espinos, o higos de los abrojos?
Todo árbol bueno da buenos frutos y todo árbol malo da frutos malos.
No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo buenos frutos.
El árbol que no da buenos frutos es cortado y arrojado al fuego.
Por los frutos, pues, los conoceréis.
(Mateo VII, 15-20)


¿Hay un método infalible por el cual un hombre pueda averiguar la Verdad acerca de Dios, acerca de la vida, acerca de sí mismo? ¿Puede averiguar cuál es la religión verdadera, cuál es la iglesia genuina y cuál es falsa, y qué libros y qué maestros enseñan la Verdad? ¡Cuántos honrados buscadores, confusos y perplejos ante el alboroto de las teologías divergen­tes y las sectas rivales, han anhelado con todo el corazón poseer la piedra de toque de la Verdad!
¿Hay un cristiano sincero que no se esforzara en conformar su vida a las instrucciones de Jesucristo, si pudiese estar seguro de cuáles son? Toda clase de personas y toda clase de iglesias le dicen que sólo ellas representan la doctrina verdadera, y que es peli­groso pasar por alto sus doctrinas y sus disciplinas; y él percibe que estos grupos diversos no están de acuerdo entre sí sobre los puntos esenciales ni de teoría ni de práctica, y que cada grupo a su vez está lleno de inconsistencias ilógicas.
Si en realidad le faltase al hombre un método para discernir la Verdad, se encontraría en un lamen­table aprieto, pero afortunadamente, no es así. Jesús, el más profundo, y al mismo tiempo el más directo y más práctico de todos los maestros que el mundo haya conocido jamás, ha provisto lo necesario, dán­donos una prueba sencilla y universalmente aplica­ble. Es una prueba que cualquier persona puede apli­car, en cualquier parte; es tan decisiva como la reac­ción química que nos muestra enseguida si lo que tenemos en la mano es oro. Es esta sencilla pregun­ta: ¿da frutos?
Esta prueba es de una sencillez tan sorprendente que muchas personas listas la han pasado por alto, como si no valiese la pena tomarla en cuenta, olvi­dando que todas las cosas fundamentales de la vida son sencillas. Esta sigue siendo la prueba fundamen­tal de la verdad —¿da frutos?— porque la verdad siempre da frutos. La verdad siempre sana. Cuando se examina cuidadosamente una historia verdadera, resulta coherente; mientras que, cuando se analiza lo suficiente, la mentira más plausible se revela tal como es. La Verdad sana el cuerpo, purifica el alma, reforma al pecador, pone fin a las disensiones, y pacifica las luchas. De esto se desprende que, según Jesús, la enseñanza que es verdadera automáticamen­te se demostrará a sí misma en su aplicación prácti­ca. "...en mi nombre echarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpien­tes, y si bebieren ponzoña, no les dañará; pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos se encontrarán bien" (marcos 16, 17-18). Al contrario, la enseñan­za falsa, por atractivamente que se presente, sea el que fuere el prestigio social o académico que posea, no puede cumplir ninguna de estas cosas. Los que la proponen son los profetas falsos que vienen vestidos con piel de oveja. Aunque habitualmente son perfec­tamente sinceros en sus demandas y pretensiones, sin embargo se interponen entre el buscador y la Verdad salvadora, y son, por consiguiente, a pesar de sus buenas intenciones, lobos rapaces en el ámbito espi­ritual. Por sus frutos los conoceréis.
Así que comprendemos claramente que los felices resultados son la prueba, y la única prueba, de la comprensión verdadera ya no nos quedan más pre­textos para desviamos del Camino. Puede ser que nuestro progreso, por una razón u otra, sea compara­tivamente lento, pero por lo menos podremos seguir el buen Camino. Si salimos del Camino, lo sabremos siempre, porque los frutos malos nos advertirán. La mayoría de nosotros encontramos dificultades parti­culares en demostrar ciertas cosas, mientras que nos es relativamente fácil hacer nuestra demostración en otras. Esto es natural, y solamente quiere decir que hay que aplicarse con más tenacidad a las cosas que parecen las más difíciles. Sin embargo, si nuestros esfuerzos no van efectuando ningún cambio apreciable, es que hemos salido del Camino, y que no esta­mos haciendo oración en el modo correcto; debemos entonces inmediatamente volver al Camino, afirman­do que la Inteligencia Divina nos inspira, y que esta­mos expresando la Verdad. Ningún mal puede resul­tar de este procedimiento, aun cuando el período infructuoso parezca durar mucho tiempo; y durante esta prueba aprenderemos mucho. Pero, por otra parte, si seguimos el ejemplo del fariseo, y, en lugar de admitir francamente nuestro error, tratamos de justificamos, si practicamos el orgullo espiritual, nos irá mal. Si, como algunas personas extraviadas, deci­mos algo así: —"No demuestro nada"—; o tal vez, ;
si hablamos así, no sólo decimos disparates, sino que pretendemos blasfemar de la misma Sabiduría Divi­na; y éste es el pecado contra el Espíritu Santo.
No se buscan los resultados materiales como el fin último; solamente importa la búsqueda de la Ver­dad. Y porque la Ley decreta que, tan pronto como se dé un paso adelante en ese camino, sigue automá­ticamente, un mejoramiento de las condiciones exte­riores ese cambio mismo constituye la prueba tangi­ble de nuestro cambio interior "el signo externo y visible de la gracia espiritual interior". El mundo concreto es entonces como el indicador que nos per­mite saber lo que pasa dentro de una caldera. Por medio de las condiciones de nuestro mundo material podemos saber infaliblemente dónde estamos.
La razón verdadera para desear demostraciones es que son la prueba de que hemos logrado la compren­sión. No hay tal cosa como una comprensión espiri­tual que no sea demostrable en el plano material. Si queremos saber dónde estamos en el Camino de la Verdad, examinemos las condiciones exteriores en que nos encontramos, comenzando con el cuerpo mismo. No puede haber en el alma nada que, tarde o temprano, no se ponga de manifiesto en el mundo exterior, y no puede haber en el mundo exterior nada que no tenga su correspondencia en el interior.
Tanto si es una prueba para nuestra propia alma, como para un maestro, para un libro o una iglesia, esta prueba es siempre sencilla directa e infalible:
¿Es beneficioso? ¿Cuáles son sus frutos? Porque "por sus frutos los conoceréis."

El Sermón Del Monte - La Llave para Triunfar en la Vida.
Por: Emmet Fox
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
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EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

No todo el que dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos.
Muchos me dirán en aquel día: ¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en tu nombre, y en nombre tuyo lanzamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
Yo entonces les diré: Nunca os conocí; apar­taos de mí, obradores de iniquidad.
(Mateo VII, 21-24)

El género humano es lento en reconocer que no hay otro modo de salvación que cambiar la conciencia, lo que significa tratar de hacer la Voluntad de Dios constantemente en cada aspecto de la vida. Todos que­remos hacer Su Voluntad algunas veces y en ciertas cosas; pero mientras que no estemos listos para hacer­la en todas las cosas, grandes o pequeñas. —una dedi­cación total de uno mismo, de hecho— no obtendre­mos más que resultados parciales. Mientras que permi­tamos que una cosa secundaria se interponga entre nosotros y la Causa Primordial, no seremos salvados. "No hay paz alguna para el alma que mantiene la som­bra de una mentira" dijo George Meredith.
He aquí un peligro extraordinariamente sutil. Tan pronto como lo hemos evitado en un lado, nos ataca por otro lado. Exige una vigilancia incesante, un valor casi heroico. Nada es más cierto en la vida del alma que el precio de la libertad es una eterna vigi­lancia. No debemos permitir que ninguna considera­ción, ninguna institución, ninguna organización, nin­gún libro, ningún hombre o ninguna mujer se inter­ponga entre nosotros y nuestra búsqueda de Dios. Si confiamos en otra cosa que nuestra propia compren­sión de la Verdad, nuestros esfuerzos dejarán de dar frutos. Si contamos indebidamente con otra persona, con cierto maestro o médico, por ejemplo, un día vendrá en que, a la hora de nuestra necesidad, él estará lejos, y no será suya la culpa. Cuando más le necesitemos, nos faltará. Este mismo principio se aplica a las personas que se permiten ser dominadas por circunstancias especiales. Una mujer dijo: "Sólo puedo dedicarme a cosas espirituales cuando estoy en la biblioteca de nuestra iglesia; el ambiente en ella es tan hermoso." Poco después, su marido fue mandado por el gobierno a un puesto en el corazón de África donde tuvo que hacer frente a una crisis a miles de millas de cualquier biblioteca, y más de cien millas de cualquier otra mujer blanca. En ese momento tuvo que buscar refugio en sus propios recursos espirituales y, naturalmente, avanzó muchí­simo en la comprensión espiritual.
Es nuestro deber recibir la ayuda que podamos le­yendo libros, escuchando a maestros; pero a menos que confiemos en nuestro propio entendimiento, estaremos solamente diciendo: "¡Señor, Señor!" con los labios, y pretendiendo hacer profecías en Su Nombre mientras "no Le conocemos", lo cual, en la práctica, viene a ser como si Él no nos conociera a nosotros. No se entra de esa manera en el Reino de los Cielos. Repitamos que, para lograr comprender a Dios, tenemos que hacer un trabajo en nuestra propia conciencia, un trabajo genuino, consecuente y difícil.
Muchas personas tardan en salir de una iglesia ortodoxa en cuyas creencias ya no pueden consentir; por razones prácticas o sentimentales, no quisieran romper una tradición de familia. Pero: "El que ama al padre o a la madre más que a mí no es digno de mí. " (mt. 10, 37) Otras personas son bastante valien­tes para salir de una iglesia ortodoxa, pero se vuel­ven hacia alguna nueva organización que les parece corresponder a un concepto más elevado; aquí pare­cen dormirse de nuevo, bajo la ilusión de que al fin han encontrado la Verdad, y no necesitan preocupar­se más. Este error del individuo es exactamente el de todas las iglesias ortodoxas: ellas también, en el ori­gen, querían reformar las herejías. ¿Qué se gana separándose de una organización, si se entrega de nuevo la recién ganada libertad?
En algunos casos se ha desarrollado una devoción personal a algún maestro independiente que ha cau­sado una sumisión completa a su juicio. En otros casos se ha encontrado un libro favorito que se con­sidera infalible.
La única línea de conducta infalible conocida por el hombre es la que Jesús nos ha dado: "Por sus fru­tos los conoceréis."
Se debería sacar provecho gozosamente de la ins­piración recibida de un pastor esclarecido o de un conferenciante instruido. Conviene guardar abierto el espíritu a las fuentes exteriores, escuchar a los que, según nuestro parecer, expresan la sabiduría y nos pueden extender los horizontes mentales, y servimos de libros que nos estimulen el pensamiento; pero no rindamos nunca a otra persona nuestro propio juicio espiritual. Demos las gracias a los que nos han ayu­dado; agradezcamos el bien recibido; pero estemos siempre dispuestos a dar el paso que sigue. No olvi­demos que la Verdad del Ser tiene que ver con el infinito, que es el impersonal Principio de la Vida, y no puede someterse a la explotación ni de una perso­na ni de una organización particular.
No debemos ni un átomo de lealtad a ninguna persona ni a ninguna cosa en el universo, excepto al Cristo que mora en nuestro Lugar Secreto; solamen­te siendo leales a El, podemos conservar nuestra integridad espiritual. Si el mero hecho de asociamos a algún grupo fuese garantía de la comprensión espi­ritual, la cuestión de nuestra salvación sería mucho más sencilla de lo que es. Desafortunadamente el problema resulta mucho más complejo. Sociedades, iglesias, escuelas, conferencias y libros concurren para proporcionamos un lienzo en el cual podamos representar nuestra vida espiritual; pero el trabajo de hecho ha de hacerse en nuestra conciencia íntima. Esperar demasiado de nuestro mundo exterior no es más que superstición. Cuando llegue la hora de la prueba, si nos apoyamos en una iglesia particular, o en nuestra devoción a un director espiritual, o bien en un conocimiento de un libro que sabemos de memoria, la Voz de la Verdad proclamará que nunca nos ha conocido; y tendremos que pasamos sin nues­tra demostración.
La vida del hombre y su personalidad son tan complejas que la Biblia nos presenta cada problema desde varios puntos de vista. Así se destaca de este pasaje del Sermón del Monte otra lección muy importante; a saber, que la única manera de alcanzar cualquier cosa es practicar la Presencia de Dios. Es el único método por el cual se pueden obtener resul­tados permanentes. Se pueden obtener resultados temporales mediante el ejercicio de la voluntad, pero no son sino transitorios y, tarde o temprano, lo que parece ganarse de esa manera se pierde de nuevo, dejándolo todo peor que antes. Una fortuna grande, por ejemplo, puede ser amontonada por la voluntad misma de su dueño, pero algún día los bienes así adquiridos adquieren alas y vuelan, dejando a la víc­tima más pobre que nunca. Si el que amontona los bienes de este mundo no conoce la Verdad del Ser, la Verdad no le conoce a él y entonces no puede ayu­darle. Formulado a la manera oriental, en términos dramáticos, la Biblia nos advierte de este peligro: "Nunca os conocí; apartaos de mí, obradores de ini­quidad."
Cuando una persona ha cometido tal error, el remedio consiste, evidentemente, en dejar de tratar de obrar sin Dios. La falta será perdonada, como lo son todas las faltas, en cuanto la corrijamos, así que nos arrepintamos de ella. Entonces se debe enrique­cer la vida espiritual, afirmando que Dios es la fuente inagotable y siempre accesible de toda abundancia. Así se crea la conciencia de la prosperidad verdade­ra, y, hecho esto, uno no puede nunca empobrecerse.

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EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

Aquel, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra, será como el varón prudente que edifica su casa sobre roca.
Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, sopla­ron los vientos y dieron sobre la casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre roca.
Pero el que me escucha estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio que edificó su casa sobre arena.
Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, sopla­ron los vientos y dieron sobre la casa, que se derrumbó estrepitosamente.
(Mateo 7, 24-27)


El Sermón termina con una de esas ilustraciones que por la sencillez gráfica y la fuerza directa no tie­nen igual fuera de la enseñanza de Jesús. Nadie que haya leído esta parábola de las dos casas puede olvi­darla. Se nos advierte una vez más de la vanidad de la teoría sin verificación en la práctica, y del peligro grave en que se encuentran los que conocen la Ver­dad, o por lo menos están al corriente de Ella, sin hacer todo lo posible para practicarla. Sería mejor, tal vez, no haber oído hablar nunca de la Verdad, que conocerla sin practicarla.
Uno de los símbolos más antiguos y más impor­tantes para el alma humana es el de un edificio —morada o templo— que el hombre está ocupado en construir. El hombre que construye es un personaje de la tradición oculta tan común como el pastor, o el pescador, o el rey —como lo hemos encontrado en una sección anterior—. La primera preocupación de todo constructor es elegir unos cimientos firmes, porque, sin éstos, por muy hábil y concienzudamen­te que esté hecha la construcción, se derrumbará en la primera tormenta que venga. Jesús, recordemos, fue educado en la casa y el taller de un carpintero, quien, en esa época, hacía el papel de constructor, como lo hace hoy día entre nosotros en remotos lugares rurales. En las cambiantes arenas del desier­to no es posible construir nada, y la gente tiene que vivir en tiendas. Cuando el oriental desea construir un edificio permanente, busca una roca y allí se levanta su casa. En la Biblia, la palabra roca quiere decir el Cristo, y la intención es evidente. La Verdad del Cristo es la única fundación sobre la cual es posi­ble levantar con seguridad el templo del alma rege­nerada. Esa Verdad es lo único en la vida que es absolutamente real, que nunca cambia, que nunca se muda —la misma ayer, hoy y siempre—. Asentados en este cimiento quedaremos seguros cuando los vientos, las lluvias, las inundaciones del error, del temor, de la duda, del remordimiento vengan a ata­camos. ¡Que nos ataquen! Nosotros los resistiremos, porque nos apoyamos en la Roca. Pero en cuanto contemos con algo menos que esa Roca, con nuestra propia voluntad, con nuestra llamada seguridad material, con la buena voluntad de otros, con nues­tros propios recursos personales —con todo menos con Dios— estamos construyendo sobre la arena, y grande será nuestra ruina.

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EL SERMÓN DEL MONTE - CAPITULO VII (INTERPRETACION)

Cuando acabó Jesús estos discursos, se maravillaban las muchedumbres de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus doctores.
(Mateo 7, 28-29)

Al terminar. Mateo nos dice sencillamente que la gente se admiraba escuchando lo que le dijo Jesús. Siempre es así. El mensaje del Cristo es completamente revolucionario. Trastorna todas las ideas y todos los métodos, no solamente del mundo, sino también de la religión convencional y ortodoxa, porque dirige nuestra atención desde el exterior hasta el interior y desde el hombre y sus obras a Dios.
Enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. La ventaja más grande de la Base Espiritual es que se comienza a saber. Cuando uno ha obtenido, gracias a la Oración Científica, la demostración más mínima, ha experimentado algo que ya no puede perder; tiene dentro de sí el testimonio (la prueba) de la Verdad. No tiene por qué confiar más en la palabra de otra persona; lo sabe para sí; y esta revelación es la única autoridad que vale. Jesús tenía esta autoridad: la probaba por sus obras. Si leemos el siguiente capítulo del Evangelio según Mateo, aprendemos que inmediatamente después de dar el último discurso del Sermón del Monte, Jesús, volviendo al pueblo, curó instantáneamente a un leproso. Así probó que sus preceptos no eran mera teoría, y lo probó con creces.
Jesús vivía en contacto directo con Dios; y, por eso, cuando hablaba, pronunciaba la Palabra de Poder.

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