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martes, 24 de febrero de 2009

EL SERMÓN DEL MONTE - LA LLAVE PARA TRIUNFAR EN LA VIDA (INTERPRETACION) - MATEO (V, 1- 48)

Muéstrate conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas puesto en prisión.
Que en verdad te digo, que no saldrás de allí, hasta que pagues el último centavo.
(Mateo, V 25-26)


Este párrafo es de la mayor importancia prácti­ca. En él Jesús insiste en su mandamiento "velad y orad". Es mucho más fácil superar una dificultad que acaba de aparecer que esperar a que tenga tiempo de arraigarse en la mente, hasta que se instale honda­mente. Los soldados saben que mientras las tropas enemigas marchen a campo raso, es relativamente fácil derrotarlas y destruirlas; pero una vez atrinche­radas su derrota se hace muy difícil. Así sucede con el mal. En el momento en que se presenta a nuestra atención, debemos rechazarlo, repudiarlo, negarle cabida en nosotros, y, afirmando serenamente la Ver­dad, no darle la oportunidad de instalarse. Si hace­mos esto, encontraremos que no tendrá ningún poder sobre nosotros. Este método implicará una gran lucha mental, y es posible que por un momento el enemigo parezca ganar terreno; pero, con tal que le ataquemos al principio, le veremos de pronto desapa­recer, y nosotros saldremos victoriosos.
De otro modo, aceptando un error y pensando en él, lo incorporamos a la mente; y en tanto persis­tamos en tal actitud, más difícil será deshacemos de él. La mayoría de nosotros hemos comprobado la veracidad de esta afirmación tras una dolorosa expe­riencia. Una vez que hemos aprendido a orar cien­tíficamente, encontramos relativamente fácil vencer nuevas dificultades a medida que se van presentan­do; pero aquéllas que se hallan alojadas en la mente ya por mucho tiempo, son difíciles de expulsar.
Siempre que Jesús deseaba acentuar para sus oyen­tes un punto de importancia especial, acostumbraba a servirse de algún ejemplo tomado de la vida diaria. Las leyes que entonces se referían a los deudores eran en extremo severas. Cuando un hombre estaba en deuda, le era importante llegar a un acuerdo con su acreedor de una manera u otra, y lo más pronto posible. Aun hoy en día es conveniente que el caso no llegue a los tribunales, si se quieren evitar gastos inútiles. Cuanto más dura el proceso, tanto más se aumenta su costo: los honorarios de los abogados, los impuestos del tribunal y otros gastos diversos además de la deuda original. Así sucede con las dis­tintas dificultades que se nos presentan en la vida diaria. La dificultad inicial suele multiplicarse mu­chas veces por nuestros pensamientos erróneos acer­ca de ella, y no nos liberaremos hasta que la deuda no haya sido pagada. En cambio, poniéndonos de acuerdo primero con el adversario, esto es, apli­cando al caso un pensamiento recto, no añadiremos gastos a la deuda, y la dificultad será vencida fácil­mente.
Tomemos un ejemplo familiar: estamos estornu­dando. Si decimos: "Ya he vuelto a resfriarme" y con­tinuamos, como suelen hacer muchas personas, pen­sando que hemos cogido un catarro con toda la serie de inconvenientes que lo acompañan, estamos ofre­ciendo al resfriado incipiente un terreno de cultivo donde desarrollarse. ¿Y quién no se ha entregado algunas veces a una serie de reflexiones sobre las enfermedades en general y los resfriados en particu­lar? Trata uno de determinar el momento exacto en que se resfrió, y decide con cierta satisfacción que este resfriado es probablemente el resultado de haberse sentado el martes cerca de una ventana abierta, o de haberse quedado el miércoles con un amigo que tenía un resfriado, etcétera. Luego se acuerda de va-rios llamados remedios, los cuales, sin embargo, han resultado ineficaces en repetidas ocasiones. Empieza a preguntarse cuánto tiempo durará este nuevo res­friado, suponiendo que diez días o quince serán su duración apropiada. En ciertos casos, habiendo adquirido la costumbre de atribuirles ciertas complicaciones, decide que puede resultar una bronquitis, o un ensordecimiento general, o un mal de vientre, o cualquier otra cosa. Tal como hemos visto, éste es el orden exacto en que se producen todas estas cosas y, como consecuencia natural, ocurre que en el mismo orden previsto los síntomas van dejándose ver.
Si tal persona tiene algún conocimiento general de la Verdad, después de estar pensando de aquel modo por un tiempo, comenzará a aplicarse el trata­miento espiritual de la mejor manera a su alcance. Pero ya el error ha tomado mucho cuerpo porque le ha permitido atrincherarse, y le será muy difícil en­tonces desembarazarse de su resfriado. En cambio, si al estornudar o sentir escalofríos, hubiese rechazado inmediatamente la idea de resfriarse, reclamando su poderío y afirmando la Verdad, eso habría puesto fin al caso, o por lo menos, la molestia se habría pasado al cabo de unas horas.
La misma regla vale para cualquier otra forma de error mental. Tanto las dificultades de la familia co­mo las de los negocios o cualquier cosa de la vida diaria, deberán ser tratadas de igual manera. Supon­gamos que cierto día, al abrir las cartas en el correo de la mañana, encontramos malas noticias financie­ras. Digamos, por ejemplo, que el banco en donde depositamos la mayor parte de nuestro dinero ha quebrado. La actitud general en tales casos es acep­tar lo peor y estancarse en la mala noticia. En seme­jante situación, muchas personas se saturarían com­pletamente con la idea de la bancarrota, pensando en ella día y noche, y discutiendo todos los detalles y repasando las diversas dificultades que podrán sobre­venir. Además, sentirían en muchos casos un agudo resentimiento y condena hacia los ejecutivos del banco y hacia todos aquéllos que pudieran ser los culpables. Pero incluso un conocimiento rudimenta­rio del poder del pensamiento nos permite percibir los resultados inevitables de esta actitud mental. Sabemos que no puede hacer más que aumentar y multiplicar nuestras dificultades.
Naturalmente, en tal caso todo discípulo sincero de Jesucristo empezaría, tarde o temprano, a rechazar en su mente tales pensamientos negativos y a susti­tuirlos por lo que está aprendiendo: la Ley Divina. Puede ser, sin embargo, que, sorprendido por la pre­cipitación y gravedad del suceso, pase algún tiempo antes de que comience a ver el problema a la luz de la Verdad; y es esta tardanza lo que complicará en gran medida la dificultad. De acuerdo con Jesús, lo que conviene hacer al recibir las malas noticias es volverse a Dios —el apoyo verdadero—, negarse a aceptar los pensamientos de la pérdida y el peligro, y todos los que tengan que ver con el resentimiento y el temor. Si así se hace con persistencia hasta que se restablezca la tranquilidad mental, se encontrará pronto fuera del peligro, de una manera u otra; la desgracia se desvanecerá y el orden será restableci­do. El banco recobrará su crédito —y no hay razón alguna por la cual la oración de una sola persona no pueda salvar de la ruina las fortunas de miles de per­sonas y al banco mismo— pero, si por alguna causa esto no ocurre, él recibirá una suma igual o más gran­de que aquélla que perdió, y acaso de una manera totalmente imprevista.
Este mismo principio puede aplicarse igualmente a todas las dificultades, ya que la armonía universal es la Ley Verdadera de la creación. Una disputa, una querella o una equivocación de cualquier clase, deben ser tratadas de igual manera en el mismo momento en que aparecen.

El Sermón Del Monte - La Llave para Triunfar en la Vida.
Por: Emmet Fox
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31)
Recopilado por:
alimentoparalamente@gmail.com

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